El caso de los extraños libros encontrados en la basura

Todo Día del Libro merece ser señalado a nuestro particular modo. Pese a que este es un blog personal, no me resisto a rescatar del cuasi olvido un escrito ajeno, publicado en el mar inabarcable de la prensa en el periódico grancanario La Provincia del 14 de diciembre de 1995. Se trata del sorprendente relato, no exento de inteligente humor, El caso de los extraños libros encontrados en la basura, obra de un tal “Jorge Roque”, seudónimo -ni que decir tiene- de una destacada persona de la vida cultural insular de cuyo nombre no voy a acordarme.

Que lo disfruten.

Me he referido varias veces a la mano amiga que adivina nuestras ansias de lectura y nos pone a la disposición, en el momento oportuno, el libro exacto que colma nuestros deseos. Tal intuición de quienes nos circundan, sean libreros, parientes o amigos, es un arte, no cabe duda. Así llegó a mis manos, en un momento crucial de mi vida, El crimen de un académico de Anatole France, la preciosa obra que despertaría mi irrenunciable fascinación por Ios-manuscritos, los códices y “los libros antiguos.

satanismoerotico

Fue desde entonces que comencé a frecuentar las librerías de viejo, para descubrir que no se trataba de negocios de desechos usados, sino de santuarios regentados por personas muy inteligentes sensibles. Por eso, mi asombro no tuvo límites cuando presencié una tarde, en El Museo Canario, la visita a su director de mi amigo Carlos Cabrera, jefe de la Policía Municipal, con quien había compartido empresas culturales voluntaristas en mi juventud, quien le traía un libro de música impreso, rescatado por un vigilante en el gran vertedero de basura del Salto del Negro.

Era un volumen grande, aunque no grueso, encuadernado sin pretensiones, que contenía notas de música con títulos en alemán, aunque alusivos a Canarias. Era un ejemplar de la Kanarische Suite para piano del antiguo Dr. Richard Stein, un famoso musicólogo germano que se refugió en Gran Canaria en los años treinta y murió aquí en extrañas circunstancias.

¿Ese libro en un basurero?, me pregunté admirado.

No me parecía posible que se pudiera encontrar tan rara joya en un lugar como ese. Tal fue mi reflexión de entonces, y archivé el dato. Pero hace muy pocos años, estando de tertulia en la librería de don Juan Abreu con otros clientes habituales suyos, alguien comentó el insólito caso de un vecino mío, bibliófilo anónimo (pues no compartía con nadie su pasión), cuya esposa, harta de que los libros hubieran invadido todos los rincones de su casa, aprovechándose de que él se hallaba en cama aquejado de una grave enfermedad, le iba diezmando la biblioteca poco a poco, deshaciéndose indiscriminadamente de volúmenes en los bolsos de la basura. Algo terrible y delictivo, sin duda alguna.

– ¿Pero es posible eso que me cuenta?.
– Como usted lo oye.

Sumido en el más profundo asombro, comencé a mirar con suspicacia el zaguán de la casa de aquel infeliz vecino, al que no sólo se le diluía poco a poco la vida del cuerpo, sino también la biblioteca, que es una forma del alma de cada persona. Su señora (y que Dios me perdone el mal prejuicio que tuve entonces) no debía estar buena de la cabeza. Era un caso insólito, que me roía los sentimientos de madrugada y hacía que me revolviera incómodo en la cama verdaderamente desconcertado, y así tal historia no tardó en convertirse en una pesadilla obsesiva de la que no me podía librar. Por eso un buen (o mal) día tomé la resolución de intervenir para despejar mis dudas.

¡Era preciso verificar si, efectivamente, aquella señora tiraba los libros de su marido en los bolsos de la basura!

Como el camión de recogida pasaba por nuestra zona los lunes, miércoles y viernes después de las nueve de la noche, pensé en los lunes como el día idóneo para mi espionaje, pues sin duda la señora de marras aprovecharía mejor los sábados y domingos para realizar su limpieza de libros. De manera que decidí apostarme en el zaguán de enfrente el lunes desde las ocho de la tarde para controlar la salida de sus bolsas de basura. Tendría que verla salir y localizar exactamente su depósito junto a otros bolsos de la vecindad, para ir a tiro hecho a inspeccionar.

Pero, siendo yo también vecino y persona conocida, me preocupaba sobremanera la mala impresión que causaría el que me vieran y conocieran otros revolviendo entre tales inmundicias, yo, persona honorable y respetada; así que pensé que tendría que disimular mi aspecto. Me compré una nariz postiza,con un bigote discreto adosado y conseguí una montura de gafas sin cristales. Me miré varias veces al espejo, nunca convencido de que no se me reconociera. Finalmente, decidí añadir a mi disfraz una boina bilbaína y una gabardina. Sí: con ese aspecto era difícil identificarme.

lamagianegra

Perdóneme el lector la confesión de este oscuro episodio de mi vida, hasta ahora desconocido incluso por mis más cercanos allegados, pero es que llevo el peso de este secreto como una losa que me oprime el alma, y pienso que con esta confesión no sólo sentiré un gran alivio y la liberación de la mayor pesadilla de mi vida, sino que, al mismo tiempo, alertaré al mundo sobre nuevos delitos horribles y no tipificados hasta hoy por jurista alguno.

Digo, pues, que un lunes a las ocho me aposté entre las sombras del zaguán frontero al de aquella vecina, me disfracé con toda discreción y esperé pacientemente. Pronto sentí ganas de hacer pis, aunque lo había hecho antes de salir de mi casa: cuestión de los nervios, sin duda. Pero me aguanté y seguí esperando, hasta que por fin la vi salir con dos bolsas hacia el contenedor de la esquina… Dejé que regresara a su casa, y entonces salí de mi escondite y me acerqué sigiloso al depósito. Algunos viandantes me miraron desconfiados mientras yo marcaba con la vista los dos bolsos de mi vecina. No quise intervenir hasta que hubiera un lapsus sin testigos, y cuando éste se produjo, actué.

En uno de los bolsos había restos de comida, con un-nauseabundo olor a pescado y fregaduras. El otro contenía papeles: periódicos usados, revistas del corazón y… ¡tres libros! Por lo tanto, ¡era verdad! Los guardé en la faltriquera de mi gabardina y salí disparado para mi casa, en donde casi entro sin quitarme la nariz con bigole, las gafas y la boina. iMenos mal que me di cuenta a tiempo, pues me imagino perfectamente el escándalo de los míos
al ver entrar por la puerta a un desconocido de aspecto facineroso!

¿Por qué te has puesto esa gabardina y qué escondes debajo de ella?, me dijo mi mujer con inmediata perspicacia cuando me vio entrar apresurado. Pero yo continué deprisa sin responder y me metí en mi biblioteca.

Durante varios meses, de esta forma secreta y sigilosa, fui reuniendo los libros de mi vecino, al menos los desechados cada lunes. Para mi sorpresa, se trataba de una biblioteca esotérica y ocultista. ¡Ahí estaba seguramente la clave de su afición no compartida, de su silenciosa bibliofilia! Y ahí también la causa del horror de su mujer, a la que empecé a comprender remotamente, si bien tal horror no justificaba, en mi opinión de entonces, el deshacerse de los libros por la vía de la basura. Porque eran piezas rarísimas y, sin duda, de bastante interés comercial, en el más prosaico de los casos.

Allí aparecieron sendos tomos dedicados a La magia negra y La magia blanca editados en castellano en Genova a principios de siglo; uno de los cien únicos ejemplares, editados en Barcelona por la Librería Pons, del curioso tratado de las ciencias ocultas titulado El libro negro (y negras eran sus tétricas cubiertas), por el Dr. Héctor Hacks, pontífice del grupo esotérico Hermes de París; un raro ejemplar del anatemizado Satanismo erótico del Dr. Justo M. Escalante (Barcelona, Ameller, 1932), y el famoso Oráculo Novísimo, o sea El Libro de los Destinos que, sacado de antiguos manuscritos que se remontan al antiguo Egipto, solía consultar Napoleón Bonaparte, en la edición castellana publicada en Buenos Aires en 1922. Asimismo rescaté ediciones más recientes de las obras de Howard Phillips Lovecraft y su círculo de cultivadores del terror, como Los mitos de Cthulhu, e incluso los dos tomos (una edición fraudulenta, por cierto) del rebuscadísimo Necromicón atribuido ai demente escritor medieval Abdul Alhazred, rarísimo libro-clave para introducirse en los secretos del más allá.

No sé si tú, lector amigo, tienes noticia dé esta horripilante bibliografía, incluidos esos libros del anticuario norteamericano de los años treinta H. P. Lovecraft y de su grupo de seguidores literarios que, a mi juicio, bastante influencia debieron tener en Jorge Luis Borges y, mucho más de lejos (de rebote, por así decirlo), en el desarrollo del realismo fantástico que se concreta en el famoso boom literario hispanoamericano. Lo que sí te digo es que aquellas obras secretas e iniciáticas encontradas por mí en la basura de mi vecino poseen un duende propio: no sólo son horripilantes, sino que se transmiten entre la inmundicia, como has podido comprobar a través de mi testimonio; además, por la magia que encierran consiguen que su existencia llegue en forma de mensaje subliminal al conocimiento de algún incauto como yo para que se las rescate de entre los desperdicios del género humano, con el fin de continuar viviendo escondidas entre los estantes de cualquier biblioteca (en este caso la mía), sin que me sienta ahora con fuerzas para deshacerme personalmente de ellas.

Como castigo a mis excesos de bibliófilo, tales obras han logrado con el tiempo sustituir mis ensoñaciones culturales de las madrugadas por el miedo a los trasgos, a las apariciones de ultratumba y a las amenazas del destino. Por eso últimamente las he puesto más a la vista, con , el deseo temeroso y la esperanza delictiva de que a mi mujer se le ocurra (pensando que no me daré cuenta) devolverlas nuevamente a la basura poco a poco. ¡Que el diablo se las lleve para siempre!.

Así sea.

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