Pero acuérdate de quiénes nos gobiernan cuando estén hablando de crisis

Las uvas de la ira (The grapes of wrath, 1940) Dirigida por John Ford, 2 oscars:

¿Quieres saber lo que pasó?

– Eso es lo que te he preguntado.

– Bueno, lo que pasó… lo que me pasó a mí… Un día llegó un hombre:

– Tienes que reconocerlo. En una tierra así, tan seca, el sistema de arriendo no funciona. Apenas se puede sacar ganancia. Un solo hombre y un tractor puede cultivar diez o doce de estas fincas. Le pagáis un jornal y os quedáis con la cosecha.

– Sí, pero no podemos distraer ni un centavo de lo que tenemos ahora. Nuestros hijos no comen lo suficiente, y están tan andrajosos que nos daría vergüenza ver a los hijos de otros bien vestidos.

– Yo no puedo hacer nada. Sólo cumplo órdenes. Me mandaron a deciros que estais desahuciados.

– ¿Quiere decir que me echan de mi tierra?

– No hay porqué ponerse así. No hay porqué enfadarse conmigo. Yo no tengo la culpa.

– ¿Pues quién la tiene?.

– Ya sabes que el dueño de la tierra es la compañía Shawneeland.

– ¿Y quién es la compañía Shawneeland?.

– No es nadie, es una compañía.

– Pero tienen un presidente, tendrán alguien que sepa para qué sirve un rifle, ¿verdad?

– Pero hijo, ellos no tienen la culpa, el banco les dice lo que tienen que hacer.

– Muy bien, ¿dónde está el banco?.

– En Tulsa, pero no vas a resolver nada; allí sólo está el apoderado y el pobre solo trata de cumplir las órdenes de Nueva York

– ¿Entonces a quién matamos?

– La verdad, no lo sé, si lo supiera te lo diría: yo no sé quién es el culpable.

Las uvas de la ira (The grapes of wrath, 1939), novela de John Steinbeck, premio Pulitzer y premio Nobel de literatura. Fragmento del capítulo V:

Y entonces el inquilino se irguió airado. El abuelo tomó la tierra y tuvo que matar a los indios y expulsarlos de allí. Y el padre nació allí y hubo que quitar malezas y matar culebras. Luego vino un año malo y tuvo que solicitar un pequeño préstamo.

– Y nosotros nacimos aquí. Esos que están a la puerta -¡nuestros hijos! nacieron aquí. Y el padre tuvo que pedir un préstamo. Entonces el Banco poseyó la tierra, pero nosotros seguimos aquí, y logramos una pequeña parte de lo que habíamos cultivado.

-Sabemos eso…, todo eso. No somos nosotros, es el Banco. Un Banco no es como un hombre. Ni un propietario de cincuenta mil acres tampoco es como un hombre. Es el monstruo.

– Cierto -gritaba el inquilino-, pero es nuestra tierra. Nosotros la medimos y la surcamos con nuestros arados. Hemos nacido en ella, nos han matado en ella, hemos muerto en ella. Aunque no sea nuestra, sigue siendo buena. Esos es lo que la hace nuestra…, el haber nacido en ella, trabajado en ella, muerto en ella. Eso es lo que hace la posesión, no un papel con números.

– Lo lamentamos, no es culpa nuestra. Es el monstruo. El Banco no es como un hombre.

– Sí, pero el Banco consta sólo de hombres.

– No; se equivoca en ello… Está en un error. El Banco es algo más que un grupo de hombres. Sucede que todos los hombres de un Banco odian lo que hace el Banco, y sin embargo, el Banco lo hace. Le digo a usted que el Banco es mucho más que un grupo de hombres. Es el monstruo. Los hombres lo hicieron, pero no pueden someterlo.

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La historia es circular si no aprendemos de ella. Siempre pagan los mismos y siempre se salvan los mismos. Una y otra vez.

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Archivado bajo El mundo futuro (que ya tenemos por aquí), El país miserable

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